
Los jarros agrietados se estrellaron contra la corroída pared de lámina de la casa de Juana. Nunca le paso por la mente que algo como esto podría llegar a acontecer. Podría ser un castigo de dios, o simplemente una probada de su propia medicina, una lección que la hostigaría por el resto de su vida. Claro, si es que algo de vida le quedaría después de esto a la pobre mujer. Y antes de que el filo del bisturí pudiera efectuar su tarea, Juana fue invadida por un recuerdo ostentoso, surgido por la falta excesiva de oxígeno o por las células alteradas de su cuerpo.
Juana Cortázar nació en el seno de una familia poderosa, hija de un gran acaudalado y de una enérgica abogada, Juana siempre obtenía lo que deseaba, lo que la llevó a volverse una niña resentida y materialista. El amarillento color de sus ojos, combinado con sus gruesos labios púrpura, las terribles pecas hinchadas, su nariz afilada, el cabello negro enmarañado, la gran protuberancia que nacía en su parpado derecho, sus ojos saltones, su tez morena, sus dientes desalineados, las pequeñas manchas que se extendían por su mejilla izquierda y su tic nervioso en el cuello causaba una impresión demasiado repulsiva que espantaba hasta a la persona más bizarra del planeta. Sus padres se encontraban aterrados por la vergonzosa apariencia de su hija, podría deberse a una maldición o simplemente a una fallida concepción. A pesar de su aspecto, Juana poseía una perfecta inteligencia, que sin duda la llevaría lejos.
A la edad de catorce años ella era una eminencia, terminó la escuela con un nivel excepcional, además aprendió todas las artes que su madre y la institución pudieron ofrecerle, ahora se veía sometida a una de las presiones más grandes de cualquier joven de su alcurnia, debía elegir un camino, estudiar una carrera común y corriente o adentrarse en el negocio familiar. Esta decisión no fue muy complicada, desde los ocho años tenía claro su panorama, quería ser un médico neurocirujano, le apasionaba el cerebro humano (Desde pequeña había observado el complejo cerebro de cuanta mascota había poseído), así que decidió adentrarse en el mundo habitual. Tres años tuvo que esperar para poder ser admitida en la universidad, debido a su corta edad.
Conocí a Juana en el instituto, cierto día en el que deambulaba por el congestionado estacionamiento. Vi como estudiaba con gran interés un libro de anatomía. No fui muy bueno para disimular mi presencia ya que me descubrió sin problemas, sacó de su bolsillo algo que me entregó sin titubear, era una bella mariposa monarca, intenté devolverle el gesto, pero me fue imposible, debido a que se marchó rápidamente. Desde ese día Juana y yo nos hicimos grandes amigos, tal vez el primer amigo que tenía desde su concepción. Nos veíamos con frecuencia en horas libres y recesos en los que me contaba con mucho entusiasmo los detalles de su abrumadora existencia, sin duda los mejores años de mi vida. Su fealdad no me importaba, ya que debajo de esa fachada desagradable se encontraba un ser magnifico y sensible.
Juana se graduó con mención honorífica de la facultad. Jamás la volví a ver, pero seguimos manteniendo comunicación por correspondencia. Estudió su maestría y doctorado en Nápoles, y a los 30 años era una de las mujeres mejor preparadas en el ámbito neurocirujano. Con ayuda de su padre, Juana logró juntar el capital suficiente para obtener las herramientas necesarias para abrir un consultorio, no pensaba vender su alma trabajando en una dependencia gubernamental, donde la explotarían con mucha facilidad.
Era una noche muy fría cuando Juana le dio vuelta a su globo terráqueo. La esfera giraba velozmente, y sin más preámbulos señaló con el dedo índice un punto del mapa, quedando éste estático. A la mañana siguiente Juana tomó el primer vuelo a una de las ciudades más lejanas del mapa, un lugar donde la magia es sólo un mito, la inteligencia es sobrevalorada y la delincuencia es uno de sus representantes más notorios: Tijuana. De ahí viajo tres horas por valles calidos hasta llegar a un pueblo llamado Piedra Escondida, a unas cinco horas de la ciudad de Ensenada, en Baja California., donde las enfermedades cerebrales predominan y la demencia es habitual.
Piedra Escondida era un pequeño poblado donde la agricultura y los campos de algodón eran su vital sustento económico. El pueblo tenía un toque fantasmal, unas cuarenta casas desparramadas por la ciudad lucían un aspecto lúgubre; algunas de madera y lámina, corroídas por el tiempo, donde la elegancia pudo haber sido considerada unos setenta años atrás. La pobreza que pesaba sobre cada pueblerino era notoria; sin embargo, se sentía un leve ambiente de felicidad.
Juana se instalo en un pequeño hostal en la entrada del pueblo. Paso toda la tarde del segundo día observando las construcciones en venta de la localidad. Analizo con calma sus opciones y decidió abrir su consultorio en uno de los edificios, si es que a una casa de dos pisos se le puede llamar así, más arcaicos y costosos de la ciudad. Días después de que Juana cerrara el contrato con el ahora ex dueño del local, llevó un escuadrón de trabajadores al pueblo. Los pueblerinos no dejaban de observar, espantados, las maquinas inéditas, con miradas acusadoras.
-Posiblemente serán maquinas del infierno- pensaban los viejos.
-Posiblemente es un acto de dios- especulaban los más jóvenes mientras que los trabajadores reparaban la residencia en ruinas de Juana. Dos semanas tuvieron que transcurrir para que los pueblerinos pudieran sentir esa hermosa sensación de paz que nublaba el cielo, una paz que casi habían olvidado al terminar las reparaciones.
Y así fue como una de las fiestas más importantes del pueblo se llevó a cabo, debido a la inauguración del consultorio más nuevo de la localidad. La gente, temerosa, se acercaba al consultorio, donde en una mesa de cristal se encontraban deliciosos emparedados acomodados en charolas de oro, esperando ser comidos por los humildes paladares pueblerinos. Esta noche sería olvidada los años siguientes.
Se pudiera pensar que era algo absurdo, por no decir incongruente, que alguien abriera un consultorio de neurocirugía en un pueblo abandonado, donde la gente se encontraba en la más ruin de las pobrezas, donde lo mas seguro sería no recibir a ningún paciente. Sin embargo sus razones tendría para hacerlo.
Las horas se convirtieron en días, días en semanas y semanas en meses, hasta que Juana recibió la primera visita en su consultorio: Un hombre de unos veinticinco años, alto, tez morena, nariz ancha, ojos verdes, labios gruesos, brazos bellos y fornidos; vestía un traje un poco extravagante. Se espantó al ver la apariencia de Juana. Intentó disimular la impresión causada al verla, para después dar unos pasos hacia ella, incrédulo, tal vez no podía admitir la presencia de una neurocirujana en tal pueblo abandonado o simplemente no podía concebir que pudiera existir semejante criatura

1 comentario:
Soñar, amar, imaginar, vivir...
Esos son mis deseos para el año que inicia y que mata al que agoniza. Espero que encajen con los tuyos, que te pudra el amor y te mate la felicidad. Infectate de los sueños y hazlos realidad. Un abrazo.
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